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Los mitos marinos más antiguos: los egipcios y los sumerios
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Los cananeos y los fenicios
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Los mitos del mar más elaborados: los griegos, luego heredados por los romanos
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La mitología de los marinos nórdicos y vikingos
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Epílogo: la fascinanción del Ser Humano por el poder del mar
Los mitos marinos más antiguos: los egipcios y los sumerios
Los seres humanos llevamos navegando decenas de milenios. Los
Polinesios han sido probablemente los navegantes más impresionantes de la historia antigua y, aunque seguro que se encomendaron a sus dioses para llegar a su destino con seguridad fueron los
sumerios y los
egipcios los primeros pueblos en dejarnos por escrito las relaciones de sus marinos con las
divinidades.
Las civilizaciones mesopotámicas ─la primera histórica de las cuales fue la sumeria─ y los egípcios, fueron brillantes culturas que se desarrollaron gracias a los rios que bañaban sus tierras. Eso no iba a limitar a esos pueblos ingeniosos así que se lanzaron a conquistar también los mares cercanos.
Para los egipcios la vida giraba en torno al Nilo, pero aún así se atrevieron a navegar por los mares rojo y Mediterraneo. Si nos creemos algunas crónicas, incluso más; ya que se dice que los egipcios llegaron a comerciar más allá de las columnas de Hércules y tal vez hasta las islas Canarias. La cosmogonía egipcia nos indica que eran una civilización que a pesar de su arraigo fluvial no vivía de espaldas al mar ya que daba un papel importante al dios
Nun, el océano primigenio y caótico del que surgió toda la vida. Cuando los marinos egipcios se aventuraban a navegar también se encomendaban al dios con cabeza de cocodrilo
Sobek, al que temían y respetaban como señor de los peligros acuáticos.
Tan antiguos como los egipcios; los sumerios también se aventuraron en el golfo Pérsico. Su visión del agua era dual: el orden del río frente al caos del océano. Para un marino sumerio,
Enki era el protector de la construcción naval y los canales. Invocarlo era pedir pericia técnica, no solo suerte.
Tiamat: el monstruo del agua salada ─del mar─. Representaba el océano abierto y el caos primigenio. Navegar fuera de la vista de la costa era, para los sumerios, entrar en el dominio de
Tiamat, una fuerza femenina y salvaje que debía ser domada por los dioses del orden. Mitos sumerios como el de
Ziusudra describen barcos circulares calafateados con betún, que es como a dio de hoy los arquólogos suponen que fue el arca de Noé, mito del diluvio de origen sumerio mucho anterior al
Génesis de la Biblia.
Los cananeos y los fenicios
Los pueblos cananeos del Oriente Medio, por un lado, y los cretenses y minoicos del Mediterráneo oriental, por el otro, fueron los fundadores de las mitologías más conocidas y brillantes de la antigüedad. Los primeros, de las mitologías fenicia y púnica; los segundos, los de la mitología griega y romana. Ambas civilizaciones estaban volcadas al mar y a él salieron a busar sus destinos.
Fue sobre todo en las guerras marinas donde se decidió la primacía de los unos sobre los otros. Como ya advirtió Temístocles: “Quien domina el mar, domina todas las cosas”. Esas guerras las ganaron los romanos, por lo que tuvieron más recursos intelectuales y literarios para adornar sus mitos, pero eso no le quita brillo a los de los segundos.
Ya antes de que los marinos griegos dudaran de sus dioses por culpa de los filósofos, los fenicios los usaban para enriquecerse comercialmente con gran éxito. Su deidad marina principal era
Yam, una deidad cananea mucho más temible y caótica que sus contrapartes grecorromanas.
Yam representa el mar indómito que lucha contra el orden. Los fenicios, siendo los mejores ingenieros navales de su tiempo, no buscaban la ayuda de su dios para navegar con fortuna, sino aplacarlo para que no se enojara, por eso sus barcos solían llevar figuras de deidades protectoras en sus mascarones de proa para ahuyentar a los demonios del mar.
Los mitos del mar más elaborados: los griegos, luego heredados por los romanos
Entender la figura de los dioses del mar en la antigua Grecia es asomarse a una era donde la marinería y la teología caminaban de la mano. El dominio de los griegos sobre el Mediterráneo no se basaba solo en la pericia de sus trirremes, sino en una relación de respeto absoluto y pavor reverencial hacia
Poseidón, el dios del mar. Para los marinos esta mitología no era mera literatura de fantasía, sino un manual de supervivencia espiritual que permitía interpretar los designios de los disoses en forma de vientos y tormentas ya que estos eran considerados los estados de ánimo de la deidad.
Antes de una expedición importante o una batalla naval, se sacrificaban animales en la orilla o en la cubierta a la divinidad. Los toros negros eran los preferidos de
Poseidón. El color negro simbolizaba las profundidades del abismo y la oscuridad de la tormenta. Incluso en ocasiones de gran tensión se arrojaban caballos vivos al mar ya que el caballo era el animal sagrado del
Dios marino; se creía que las olas eran las crines de sus corceles. Lo cierto es que esos sacrificios eran excepcionales. Sin llegar tan lejos, el marino griego, solía realizar libaciones como gesto de respeto para mantener las aguas en calma. También pagaba con ofrendas y exvotos a los disoses marinos para sobrevivir un día más en la mar. Hacerlo mal o desdeñar a los dioses podía costarles una gran batalla como le pasó al cónsul romano Claudio cuando tiró a los pollos sagrados al agua porque no le vaticinaron el favor de los dioses para ganar una batalla naval a los cartagineses.
Los romanos heredaron esos mitos y ganaron el predominio durante siglos convirtiendo la mitología heredada en la religión de su belicoso estado. Cuando antigua espiritualidad de los romanos se fue agotando, la
fe del cristianismo triunfó sobre la máquina de guerra latina; aún así los cristianos sincretizaron en los rezos y exvotos de los
santos y las
vírgenes, algunas características de las antiguas superticiones paganas muy arraigadas entre los marinos para ser protegidos de los
crueles fenómenos naturales que les pueden costar el barco y la vida.
La mitología de los marinos nórdicos y vikingos
La
mitología nórdica, más cercana en el tiempo a nosotros que las de las civilizaciones orientales, nos ofrece una perspectiva radicalmente distinta a la calidez del Mediterráneo. Aquí, el mar no es una autopista comercial, sino un adversario gélido y voraz que forjó el carácter de los mejores constructores navales de la historia. Los vikingos navegaban bajo la sombra de
Aegir, una deidad que personificaba el poder destructivo del océano profundo y que, a diferencia de los griegos con su Poseidón olímpico, no pertenecía al linaje de los dioses principales (por ejemplo
Aesir), sino a una estirpe de gigantes más antigua y salvaje. Junto a él reinaba su esposa
Ran, cuya leyenda infundía un pavor técnico en los marinos: se decía que acechaba con una red de pesca gigante para arrastrar a los hombres hacia el fondo y quedarse con su oro. Esta visión del "mar que atrapa" refleja
la dureza del Atlántico Norte, donde una caída por la borda o un fallo en el calafateado de un drakkar significaba una muerte segura por hipotermia, lejos del salón del
Valhalla.
Sin embargo, el pragmatismo nórdico también buscaba la cara amable de las aguas a través de
Njörd, el dios de los vientos costeros y la abundancia pesquera. Mientras Aegir era el terror de la tormenta en alta mar,
Njörd representaba el conocimiento del litoral, la seguridad de las calas y la prosperidad de los puertos. Para los vikingos, la navegación era un acto de equilibrio constante entre estos dos poderes: la pericia técnica para navegar con el viento a favor de Njörd y el valor místico para no caer en las redes de Ran. Este dualismo convirtió a los pueblos del norte en maestros de la navegación de altura y la meteorología empírica, entendiendo que en el mar, la línea entre ser un explorador glorioso o un tesoro hundido en el salón de Aegir era tan fina como el propio casco de sus barcos.
Un pasaje aparte se merece el mito nórdico del
Kraken. Para los antiguos navegantes nórdicos, el Kraken era una presencia física y aterradora que acechaba en los abismos del Mar del Norte. El miedo de los vikingos a este coloso residía en su impredictibilidad y magnitud; no era un enemigo al que se pudiera combatir con hachas o escudos, sino una fuerza de la naturaleza capaz de engullir un
drakkar ─barco de guerra vikingo─, entero con solo el movimiento de sus tentáculos. Los marineros temían especialmente las aguas en calma chicha, sospechando que el ascenso de la bestia desplazaba el mar hasta crear remolinos mortales. Este terror místico mezclaba la realidad de los calamares gigantes con la superstición pagana, convirtiendo cada travesía hacia Groenlandia o Islandia en un acto de fe donde el verdadero peligro no era la tormenta, sino aquello que emergía de las profundidades para arrastrarlos al reino sombrío de
Rán, la diosa marina que pesca a los ahogados con su red y se los lleva lejos del
Valhalla.
Epílogo: la fascinanción del Ser Humano por el poder del mar
Aparte de las señaladas, los marinos de todas las civilizaciones ribereñas, históricas o no, han tenido una fuerte relación mítológica con el mar. Lo que hace realmente fascinante la mitología marina es servía a los antiguos para comprender mejor un medio que podía matarles en cualquier momento. Si un marino griego hablaba de la furia de Poseidón en el mar Egeo, estaba describiendo un fenómeno real: los vientos catabáticos que bajan de las montañas y crean olas cortas y peligrosas. Los mitos eran una forma nemotécnica de recordar qué zonas eran traicioneras.
Escila y
Caribdis no eran solo monstruos; eran la personificación de los remolinos y bajíos del estrecho de Mesina como nos cuentan este
ensayo histórico.
Para los antiguos, la superficie del agua era el horizonte de sucesos. Debajo no había "peces", había una civilización espejo, de ahí mitos como la
Atlántida. Los romanos con sus ciudades submarinas de Neptuno o los fenicios con el palacio de Yam proyectaban su estructura social bajo el agua para que el océano resultara menos ajeno. Era una forma de domesticar el abismo: si el mar tiene un rey, entonces se puede negociar con él (mediante sacrificios o rituales).
La fascinación reside en esa humildad técnica. Hoy, con un sonar, sentimos que dominamos el relieve submarino. El antiguo, al no ver el fondo, llenaba ese vacío con significado. Esa tensión entre el valor de alejarse de la costa y el pavor a lo desconocido creó las historias más potentes de nuestra cultura. La mitología marina es, en esencia, la crónica de nuestra audacia frente a lo infinito.
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