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Cruzar el Atlántico. Un sueño hecho realidad.

Vivir una experiencia como la travesía del Atlántico era un sueño para mí, que siempre me han gustado las navegaciones largas. También se trataba de una experiencia muy conveniente ahora que estoy realizando en Cenáutica el curso de Patrón Profesional de Embarcaciones de Recreo con el que aprovecharé profesionalmente mi titulación de Capitán de Yate.

Por ello, no lo dude cuando, una semana antes de zarpar, un buen amigo me puso en contacto con el capitán del Geppa, un queche de 19,5 metros de eslora, con una plaza libre, que ya se encontraba en Las Palmas de Gran Canaria.

Se trata de un majestuoso, marinero, recio y muy confortable barco, con dos mástiles de 22 y 18 metros y una magnífica bañera popel, con mesa para seis comensales ampliamente dispuestos, su rueda de timón y la bitácora con toda su instrumentación, que adivina confortable y seguro el patronaje, así como sus bancadas alrededor de un gran espacio libre que a buen seguro permiten una convivencia desahogada a la vez que brindan inmejorables puntos de reunión. Todo ello me producía inmejorables sensaciones.

La predisposición con el resto de la tripulación a hacer “equipo” y a evitar conflictos es una tendencia natural cuando uno se enfrenta a compartir una experiencia psicológica como la de convivir en un espacio tan reducido y aislado por un periodo de tiempo mayor de cuatro o cinco días y en la que, como en toda aventura, encaras acontecimientos imprevisibles. La convivencia entre seis personas, sobre todo como en este caso no bien conocidas entre ellas, es de verdad un reto psicológico mayor que el de cualquier edición de ”Gran Hermano” ya que aquí, en caso de llegarse a nominaciones para la salida, nos enfrentaríamos a un grave problema. Afortunadamente, no ha sido el caso, habiendo fraguado amistades inolvidables, inolvidables al igual que esas pequeñas anécdotas del día a día que tornarán en grandes recuerdos.

Respecto a la práctica náutica, los alisios este año nos han proporcionado una navegación muy distinta a la esperada. Típicamente, la travesía del atlántico, cuando los vientos alisios están bien establecidos, es una navegación tranquila, casi aburrida, dado que en Canarias se izan las velas para cargar por la aleta los vientos portantes que te transportarán, mecido por altas olas tendidas, también por la aleta, hasta el Caribe, sin apenas necesidad de faenar el velamen.

Este año ha sido muy distinto. No estaban bien establecidos. Las previsiones meteorológicas anunciaban sucesivas borrascas por el oeste y la necesidad de bajar desde los 28º latitud Norte hasta más de los 14º N de las islas de Cabo Verde para encontrar los tan buscados vientos alisios.

Así, zarpamos el domingo 21 de noviembre coincidiendo con la salida de la ARC (Atlantic Race Cruising) que, con sus más de 230 veleros participantes tenía como destino la isla caribeña de Santa Lucia, también en los 14º N, mientras que nuestro puerto de destino era Puerto Rico o alguna isla próxima, más arriba, en los 18º N.

Al igual que la mayoría de los veleros de la ARC, decidimos poner rumbo a Cabo Verde, travesía de una semana a la que a vientos flojos por popa navegando a orejas de burro o con gennaker les sucedió una calma chicha durante más de tres días que hizo necesario el trabajo alterno de nuestros dos motores Caterpillar de 250 CV.

Después de una mínima parada en Mindelo, en la isla de Sao Vicente, para repostar combustible, tomamos derrota a poniente dado que ni en latitudes inferiores estaban bien establecidos los alisios.

A partir de aquí, a una navegación placentera de varios días con vientos portantes y mar tendida por la aleta de estribor, la típica y deseable, con el gennaker desplegado día y noche traduciendo unos vientos aparentes de 14-15 nudos y corriente a favor de 1 nudo en una velocidad real de 7-9 nudos, le sucedieron varios frentes que en ocasiones nos hacían ir a motor cuando caía completamente el viento entre ellas, o avanzar ciñendo a rabiar o bien de través, todo ello acompañado por un oleaje brusco, cambiante, provocado por la tormenta de turno, que se mezclaba con el de componente suroeste de los alisios, convirtiendo el sueño en un deseo imposible, las comidas en una aventura en la que codos y muñecas hacían las veces de las manos que faltaban para mantener platos, vasos y botellas, con poca fortuna, por cierto, en incontables ocasiones.

Y eso que las 30Tn del barco, con un metacentro bajo, y su diseño “panzudo”, orientado al confort, hace que sea un barco resistente a escoras grandes. Da igual, cuando la mar se enfada, crujen ya sean los pantoques o los costados, tintinean todas las botellas existentes en los tambuchos, y ollas y sartenes a veces salen despedidas, recordándonos lo importante que es estibar y arranchar todo correctamente. En el último tercio del viaje, dispusimos de viento casi estable de componente este, que en ocasiones tornó en fuerza ocho, con olas de más de seis metros y rachas de hasta 40 nudos que aconsejaban arriar el gennaker por la noche, que llevábamos equilibrado con la mesana, para descargar tanta presión de proa, sustituyéndolo por la Génova más o menos enrollada, además de la mayor en todos los casos, con uno o dos rizos y una trinqueta que aportaba estabilidad para reducir las guiñadas.

Respecto a las guardias nocturnas, las hemos hecho individuales, con arnés y chaleco, por supuesto, con una duración de dos horas y media en las etapas tranquilas, disfrutando de un cielo estrellado magnífico que invitaba a descubrir constelaciones más allá de las típicas Osa Mayor y Menor, Casiopea y Orión, así como a reencontrarse con uno mismo; hasta guardias de una hora y media en las muchas etapas tormentosas en la que una persistente lluvia te acompañaba en los distintos turnos, desde la cena hasta el amanecer, durante varias noches, llegando incluso a apoyarnos en el radar cuando se cerraba la niebla.

En cuanto al avistamiento de barcos, no deja de impresionar la infinitud de la mar. Aunque hasta casi la mitad de la travesía se podía decir que estábamos rodeados por el grueso del pelotón de veleros de la ARC y así aparecía en su web, realmente a partir del tercer día de navegación nos sentíamos solos en el océano, siendo frecuente no atisbar ningún velero, pesquero o mercante incluso durante varios días.

Al final, después de 3.283 millas realizadas a lo largo de 24 días de navegación nada típica, el puerto de arribada fue Saint Barth, en las Antillas francesas, desde donde nos dirigimos al día siguiente a Saint Marteen, desde donde volamos de regreso a España, con la satisfacción del sueño hecho realidad y pensando en cuál podrá ser la siguiente aventura, deseando que no se retrase.

Pablo Calderari Martínez.
Alumno de Cenáutica y Capitán de Yate.
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