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E-boletín informativo de
Cenáutica, escuela de navegación de recreo |
El
mareo, segunda parte. Historias de un viejo marino.
Era enero de 1966. Ciento veinte guardias marinas
salían del puerto de Cádiz a bordo del Juan Sebastián Elcano para
realizar su viaje fin de carrera. Seis meses en la mar con
cortas escalas de cuatro o cinco días en nueve puertos de América
del Sur y de los Estados Unidos. Era nuestro cuarto año de carrera y
teníamos muchos días de mar en nuestras hojas de servicio.
Pronto surge el primer problema: en la cantina de a bordo solo hay
tabaco rubio... pero este problema dura poco tiempo: una fuerte
marejada por la proa nos quita las ganas de fumar y la promoción
completa salvo excepciones, mareados.
Tres días después, antes de entrar en Tenerife y con la misma
marejada, a todos se nos ha pasado el mareo, salvo alguna que otra
excepción.
En los seis meses que duró el crucero de instrucción en el que
sufrimos varios temporales, nadie se volvió a marear.
En los tiempos del servicio militar obligatorio, cada tres meses se
licenciaba parte de la dotación de los barcos de guerra y embarcaba
un nuevo reemplazo de ?peludos?, apodo cariñoso con el que se
llamaba a los novatos. El proceso, el mismo: en las primeras salidas
a la mar la cubierta estaba sembrada de vomitonas que desaparecían a
los pocos días.
En cierta ocasión un marinero apellidado Fandiño vomitaba por la
borda echando los hígados. Un paisano veterano le atendía y
consolaba en tan duro trance diciéndole. ?¡Ajomita Fandiño, que che
da vida!?. Ni falta hace decir donde había nacido la pareja pero,
desde entonces, es tradicional en la armada española llamarle
?fandiños? a cualquier marinero gallego.
Conclusión, salvo casos excepcionales, lo normal es marearse y, una
vez acostumbrados a la mar, dejar de marearse.
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